En su libro La vida intensa, el escritor y filósofo Tristán García considera que la intensidad es una de las características fundamentales de nuestra vida cotidiana. La propaganda y la sociedad de consumo nos invitan continuamente a caer en una vorágine de experiencias que llevan los sentidos al límite. Esta "electricidad", que explotamos constantemente, parece ser la única manera de "sentirse vivos".
No es difícil perderse entre la gran cantidad de anuncios que nos incitan a dejarlo todo para hacer ese viaje soñado o a comprar equipo nuevo para escalar una montaña en busca de emociones. Sin embargo, en el fondo, todo esto encierra un truco: tarde o temprano, la búsqueda de sensaciones intensas se normaliza, por lo que siempre se necesita algo más. Entonces, las personas buscan experiencias más potentes, viajes más extremos, alcohol y drogas más fuertes. Es un ciclo interminable que solo puede explicarse a través de la necesidad de una electricidad constante, promovida por la sociedad de consumo.
Tristán García también critica las soluciones que se proponen ante esta forma de vida. Considera que alternativas como la sabiduría o la religión dejan de lado los instintos vitales propios de nuestra humanidad. Tanto el pensamiento como la vida exterior paralizan lo que realmente importa: nuestra vitalidad. Como salida, propone la resistencia como una forma de vitalidad; es decir, caminar entre el pensamiento y la vida, evitando caer en los extremos. Al final, García sostiene que es necesario mantener una lectura constante y ejercitar la mente, pero también mirar un atardecer y rendirse, de vez en cuando, a los placeres de la vida.
La sociedad de consumo ha provocado la extirpación del telos de nuestras acciones. En otras palabras, ya no vivimos para alcanzar una existencia plena y hacer aquello que nos produce felicidad, sino para satisfacer deseos temporales o, siguiendo a García, para buscar una intensidad de carga infinita. La vida se transforma en un constante "hacer cosas", incluso cuando descansamos, pues lo hacemos pensando en "descansar" para volver a ser productivos, como describe Byung-Chul Han en su Vida contemplativa.
Una de las formas de escapar de esta vida intensa es precisamente recuperar ese telos perdido. Esto no significa simplemente cumplir todos nuestros deseos, sino dedicar nuestro tiempo a lo que realmente importa, lo que solo puede hacerse en compañía de la familia y los amigos. No por nada Aristóteles dedica un capítulo entero de la Ética a Nicómaco a la amistad, y Engels, basándose en Marx, analiza su origen de manera tan prolija. Quizás ha llegado el momento de reencontrar en la comunidad la clave para nuestra plenitud y equilibrio. La intensidad solamente trae electricidad, y luego un vacío insondable.
Por Antonio Argudo Garzón
Filósofo Local